jueves, 23 de abril de 2009

“En busca de Dulcinea” 23 DE ABRIL, DÍA DEL LIBRO




“En busca de Dulcinea”


Este hidalgo caballero
cuyo nombre es don Quijote,
en "rocinante" va al trote
cabalga sin rumbo fiero,
desfaciendo todo artero
en liza contra molino,
soporta tan cruel destino
en busca de Dulcinea,
mientras su mente planea
en facer tal desatino.


¡Vive Dios! que soy galante
encontrar a Dulcinea
será la primer tarea,
dijo el caballero andante
y con tal aire triunfante
avisole a su escudero,
yo he de llegar el primero
he de conquistar su amor,
no habrá de tener temor
¡pues que yo! ¡soy caballero!...


¡Cierto era, tal desatino!
enfrentado el caballero
ante el armado guerrero,
pues tan sólo era molino.
Mas su orgullo masculino
no reparaba en errores,
ni anulaba los temores
que en su lucha padecía,
y ante tal,... más se crecía
con tal de lograr honores.




Llevado de su hidalguía,
seguido por su escudero
defensor de tanto fuero,
en la lucha no cedía
en aras de su autarquía,
pues sin saberse chiflado
de Dulcinea prendado
quedó apresado su sueño,
y en ello puso su empeño
¡Por ella sería amado!...

©Roberto Santamaría

viernes, 17 de abril de 2009

Mi infancía y los libros (23 ABRIL DÍA DEL LIBRO)

MI INFANCÍA Y LOS LIBROS (23 ABRIL DÍA DEL LIBRO)

A medida que uno se va adentrando en la última etapa de la vida, nos aferramos a los recuerdos, cómo si quisiéramos volver a empezar el ciclo. Es angustioso pensar en que el tiempo se acaba… ¡Nos queda tantas cosas por hacer aún! ... Los recuerdos nos golpean, y se apilan en nuestras mentes cansadas; las imágenes de otros tiempos se suceden incansables cómo fotogramas de un film vivido por nosotros mismos.

Recuerdos de la niñez, sahumerios de otros tiempos. Es increíble cómo rememorando el pasado podemos percibir aromas olvidados, pero que escarbando en nuestro subconsciente afloran de nuevo en la memoria. Y ante nuestros ojos desfilan las escenas vividas durante la infancia. Es sorprendente el funcionamiento de la memoria; a veces somos incapaces de recordar las vivencias del día anterior, y sin embargo tenemos capacidad para recordar momentos muy lejanos en el tiempo. Algunas personas me han tomado a broma, cuando he manifestado que recordaba mis primeros pasos.

Recuerdo con que amor me tenía mi madre en sus brazos. Percibo su calor, su olor, la suavidad de su piel, sus dulces caricias y arrullos; y sobre todo, recuerdo el tranquilizante sonido de su voz.
Mis primeros garabatos, entonces los llamaban palotes, luego vinieron las primeras letras a través de las cuales iba descubriendo un mundo nuevo y maravilloso; recuerdo cómo durante los paseos cogidos de la mano de mi madre, me entretenía intentando descifrar el contenido de los anuncios en las calles de Madrid.

Muy pronto aprendí a leer, dicen mis mayores que lo hice prematuramente. Quizás lo provocó la gran curiosidad que sentía por descubrir el contenido de una gran Biblia llena de bellísimas láminas a todo color, que había en casa. A medida que iba creciendo aumentaba mi pasión por la lectura. Recuerdo que aquellos tiempos, eran años de penurias y escasez en el Madrid de la posguerra, donde en cualquiera de las familias obreras escaseaba lo más básico para la subsistencia, por consiguiente era lógico que los niños de la época no pudieran disfrutar de un juguete.
Fue tal vez aquella circunstancia la que me hizo valorar los libros desde muy temprana edad y a apreciarlos como el mejor juguete del mundo. Abrir un libro era como si se abriera un mundo desconocido, significaba tener a mi alcance miles de maravillosas aventuras. Con Emilio Salgari, descubrí la selva y el maravilloso mundo salvaje, con sus impresionantes elefantes y los majestuosos tigres de bengala. Junto a Sandokan, surqué los mares de Asia en mil aventuras apasionantes.
Participé en mil batallas contra otros piratas y corsarios, junto al Tigre de Malasia y me enamoré perdidamente de Mariana, la maravillosa mujer de ojos azules y cabellos de oro. Con Julio Verne, descubrí un mundo fantástico de ficción, sueños que con el transcurso del tiempo se fueron convirtiendo con asombro en realidades que hoy todos podemos palpar..A su lado di “La vuelta al mundo en ochenta días”, navegué junto a él en “Veinte mil leguas en el Nautilos” y le acompañé en su asombroso viaje “De la tierra a la luna”. De la mano de Zane Grey fui descubriendo el Salvaje Lejano Oeste a través de algunas de sus novelas más famosas como El caballo salvaje, La herencia del desierto, El cazador de pumas o Los jinetes de la pradera roja.

Mi evocación del colegio (en aquellos tiempos se llamaba escuela) se centra principalmente en el recuerdo entrañable hacia mi maestro, como educador y como una gran persona, buena y generosa, capaz de compartir su pequeña porción de almuerzo con el alumno más necesitado. Un alma noble y sencilla que me enseñó los verdaderos valores de la vida.
En aquellos años de penurias por el hambre, se hacia más comprensible que hoy, el relato de la Biblia, en el cual dice que Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de lentejas. Génesis 25,29-34).

Recuerdo el libro de lectura que utilizábamos en clase, se titulaba Países y mares. Era un excelente libro, impreso en manuscrito con diferentes tipos de caligrafía. Muy ameno ya que en el se hablaba de una familia compuesta por los padres, un niño y una niña, que les acompañaban en un largo viaje en barco a través de todos los países y mares del mundo. Con este maravilloso libro, no solo aprendíamos a leer y escribir correctamente, sino que además viajábamos acompañando a los protagonistas en muchas aventuras, conociendo los diferentes países del mundo, así como sus costumbres y culturas....

Yo estoy completamente seguro, un libro es el mejor amigo del mundo, en este próximo día del libro, ¡¡regalemos un libro al mejor amigo!!...

©Roberto Santamaría

sábado, 11 de abril de 2009

“Sucedió el mes de mayo”


“Sucedió el mes de mayo”


Que no fue en el crudo invierno
sucedió en el mes de mayo,
cuando la rosa hermosea
y el verde cubre su tallo.
Que sucedió en primavera
que es cuando trota el caballo,
y por la verde campiña
ya salta alegre el grigallo,
y baila alegre la niña
que me tiene enamorado.


Y no fue en el triste invierno
sucedió en el mes de mayo,
que enamorado de amores
por tu desliz yo me hallo,
fue culpable tu mirada
yo paseaba a caballo,
verdes ojos me miraron
y cual puñales ardientes,
en mi alma, ya se clavaron
y yo, esta pasión no acallo.

Mi amor nació el mes de mayo
cuando el aire mayeaba,
y cantaba el urogallo
y una luna refulgente,
alumbra nuestro serrallo,
y hasta la estrella de oriente
custodiaba este romance,
en el beso más ardiente.
Y no fue en el triste invierno
sucedió en el mes de mayo…


©Roberto Santamaría

martes, 7 de abril de 2009

“Milagro de vida”



“Milagro de vida”


El milagro de la vida
se creó en vientre divino,
creadora tú, de mi sino
fuiste tú madre querida,
y tu hijo que no te olvida
hoy te ofrece este homenaje,
admirando el gran coraje
y el valor que derrochaste,
darme tu amor me juraste
y defender tu linaje.

Soy, de la tierra parido,
entre amores yo fui criado,
de amores afortunado
amor de madre vivido,
seguro es el más querido.
Y aunque hoy estoy convencido,
que te quise con locura,
no hay cariño por ventura
hermoso como el materno,
pues es él más fiel y eterno
que se ofrece sin mesura.


Soy de tu vientre nacido
como milagro de vida,
hiciste madre querida
te esté siempre agradecido.
En tus brazos fui mecido
con cariño y con ternura,
y me distes la dulzura
que alberga tu dulce alma,
la belleza que se ensalma
en tu vendita figura.


©Roberto Santamaría

¡Malhaya la pena mía!


¡Malhaya la pena mía!
Con ojos de enamorada
¡La luna me está mirando!
mira que mira velada,
mira, que me está velando.

En noche de luna llena
paseaba yo el serrallo,
el alma llena de pena
mi boca mordía un tallo,
del rosal que ya nacía
allá, por el mes de mayo.

Sus espinas no veía
pues era mayor el dolor,
que el corazón padecía
culpable era del desamor.
¡Malhaya la pena mía!
¡La luna me está mirando!
más hermosa que ninguna,
de luz brillante bañaba
su cara color de plata,
sus ojos, verde aceituna
miraban, ya renacía
la ternura que en mi alma,
por ella mi amor sentía.
¡Mira que me está mirando!
¡Mira, que mira la luna!...


©Roberto Santamaría